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En una madriguera junto a los helechos vivía un zorrito llamado Lino. Le gustaba caminar sin prisa, porque así descubría cosas que otros pasaban por alto.
Lino tenía una colección de cosas pequeñas: una pluma, dos botones y una piedra con forma de pan. Una tarde decidió buscar un regalo para su abuela, que vivía al otro lado del bosque. Ella había pasado el día arreglando el tejado y quería descansar.
—Le llevaré un poquito de silencio —dijo el zorro. Lavó un frasco de mermelada, lo secó con su bufanda y salió de puntillas. En el camino encontró a una ardilla partiendo nueces. Crac, crac. Aquello no servía. Siguió hasta el arroyo, pero el agua tampoco dejaba de conversar.
Lino se sentó bajo un pino. Abrió el frasco y esperó. Justo cuando iba a cerrarlo, una piña cayó a su lado. Toc. El zorro suspiró. Parecía que todo el bosque tenía algo que decir.
Una coneja asomó entre los helechos. Se llamaba Luna y llevaba una cesta de calcetines secos. Al ver el frasco vacío, preguntó si Lino había perdido la merienda. Él le explicó su problema y le enseñó la tapa, que había apretado muy bien.
—A lo mejor el silencio no se guarda —dijo Luna—. A lo mejor se hace sitio para él. Dejó la cesta en el suelo y se sentó junto a Lino. Durante un rato ninguno habló. Oyeron un pájaro lejano, una hoja que rozaba otra hoja y sus propias respiraciones.
No era un bosque sin sonidos. Sin embargo, Lino dejó de sentir que tenía que correr a buscar algo. La coneja tampoco parecía tener prisa. Cuando se levantaron, una hormiga había cruzado despacio la punta de su zapato.

En casa de la abuela, Lino puso el frasco sobre la mesa. —Está vacío —advirtió—, pero he traído otra cosa. Guardó las herramientas, acercó una silla al jardín y se sentó a su lado. La abuela apoyó las patas cansadas en un cojín.
El viento pasó por el tejado nuevo. En algún lugar sonó una campanilla. La abuela cerró los ojos y sonrió. No necesitó abrir ningún regalo. Al volver a casa, Lino dejó su frasco junto a la cama, sin tapa. Por la ventana entró el murmullo de las hojas. Esta vez decidió dejarlo entrar.



