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Había una vez una coneja llamada Luna que pasaba muchas tardes en el jardín de su abuelo. Mientras él cuidaba las plantas, ella ordenaba macetas y hacía preguntas sobre las flores.
La coneja Luna encontró un sobre en el cobertizo de su abuelo. Dentro había seis semillas redondas. En el papel decía: flores blancas, abrir al atardecer. Luna leyó la frase dos veces. Pensó que las semillas estaban dormidas y había que abrir el sobre cuando saliera la luna.
Esperó hasta la noche. Preparó seis agujeros, puso una semilla en cada uno y les dio un sorbito de agua. Después se sentó en un taburete. El cielo se llenó de estrellas, pero la tierra no hizo nada. Ni siquiera un pequeño estornudo.
—Quizá necesitan una canción —pensó. Cantó la más corta que sabía. Luego bostezó tanto que tuvo que volver a casa. A la mañana siguiente encontró los mismos seis montoncitos de tierra. Su abuelo sonrió al escuchar la historia. Las semillas necesitaban varios días, le explicó, y la frase hablaba de las flores.
Luna regó sin inundar la tierra. Cada tarde apartó alguna piedrecita. El primer brote apareció un martes; el sexto, cuando ya casi había dejado de buscarlo. Ninguno era blanco. Eran seis cosas verdes y muy pequeñas que parecían orejas de ratón.
Pasaron días con sol y días con lluvia. Los tallos crecieron. Una tarde Luna descubrió seis capullos cerrados. Se sentó en el taburete, esta vez con una manta. El abuelo llevó dos tazas de agua tibia con hierbabuena y esperó junto a ella.
Cuando el sol desapareció detrás del seto, un pétalo se separó de otro. Luego otro más. La primera flor se abrió despacio, como una mano pequeña. Las demás la siguieron. Bajo la luna parecían seis farolillos sin llama.

Una polilla llegó al jardín. Después vino otra, dando vueltas suaves. Luna no había pensado en invitar a nadie, pero dejó sitio junto al taburete. Las flores olían dulcemente. El abuelo señaló el sobre: por fin la frase tenía sentido.
Antes de entrar, Luna dibujó las seis flores en su cuaderno. Debajo escribió: no salió la primera noche. Salió cuando estuvo listo. Cerró el cuaderno y se fue a dormir. En el jardín, las polillas continuaron la visita sin hacer ruido.



