Había una vez una princesa llamada Inés que vivía junto a un río ancho y tranquilo. Cada primavera ayudaba a preparar la fiesta de los faroles. Le gustaba ver a los vecinos cruzar el puente al anochecer, siguiendo las pequeñas luces que colocaban a lo largo de la barandilla.
Aquel año quiso encargarse de toda la decoración. Dibujó estrellas, eligió cintas y ordenó los faroles por colores. Cuando alguien ofrecía una idea, respondía que ya tenía un plan. Trabajó tanto que al final de la tarde estaba cansada, aunque muy contenta de ver el puente terminado.
Justo antes de la fiesta llegó una ráfaga de viento. Varias pantallas de papel se rasgaron y las cintas se enredaron. Por seguridad, el encargado del puente apagó las luces. Inés sintió ganas de llorar. Había imaginado una entrada brillante y ahora solo veía papel arrugado. No sabía por dónde empezar a reparar aquello.
Su amiga Mar le acercó un banco. —Podemos pensar entre todos —dijo. Inés respiró despacio y pidió ayuda. El carpintero propuso unas cajas con aberturas para proteger las lámparas. La costurera tenía tela sobrante para hacer banderines cortos. Los niños podían recortar figuras que se vieran como sombras en las paredes.
Antes de ponerse a trabajar, Inés escuchó cada propuesta. Descubrió que el barquero conocía el lado del puente donde soplaba menos viento. La panadera ofreció su mesa grande para preparar las piezas. Nadie tenía que hacerlo todo. Los adultos revisaron las luces y dejaron el paso libre para las familias.
La fiesta comenzó un poco más tarde. Los faroles ya no seguían el dibujo de Inés, pero desde cada caja asomaba una estrella distinta. Al cruzar el puente, los vecinos reconocían algo que habían ayudado a hacer. Mar señaló una sombra con forma de pez y ambas se echaron a reír.
Esa noche, la princesa guardó su primer dibujo sin romperlo. En la parte de atrás escribió los nombres de quienes habían colaborado. Lo dejó junto a la ventana y se acostó. Todavía veía, al cerrar los ojos, las luces tranquilas sobre el río: ninguna iluminaba todo el puente, pero juntas bastaban.



