Había una vez una princesa llamada Mara que prefería las botas de jardín a los zapatos de fiesta. Cada mañana visitaba el huerto del castillo y apuntaba en una libreta qué plantas habían crecido. Le gustaba especialmente una hilera de tomates que había sembrado con su padre.
Un día encontró huellas enormes junto al muro. No había tomates arrancados ni macetas rotas, pero alguien había dejado una regadera del tamaño de una bañera. Mara siguió las huellas hasta una colina. Allí estaba un dragón verde, sentado con la cola rodeando sus patas y una flor diminuta entre las manos.
—Quería ayudar a regar —explicó—, pero cuando me acerqué todos salieron corriendo. Mara se sentó a cierta distancia y le preguntó cómo se llamaba. Era Olmo. Había aprendido a cuidar plantas en la montaña y buscaba un jardín donde pasar la primavera. Hablaba tan bajito que apenas movía los pétalos de su flor.
La princesa lo acompañó de regreso. Primero avisó a los jardineros para que no se sorprendieran. Después le enseñaron los senderos anchos por los que podía caminar sin pisar los brotes. Olmo aceptó empezar por el estanque, donde había espacio para su gran regadera. Pero al inclinarla, soltó tanta agua que inundó una esquina.
Olmo bajó la cabeza. Mara también había regado demasiado alguna vez. Le propuso repartir el agua en cubos pequeños. Un jardinero encontró un embudo y prepararon una marca para medir cada porción. Tardaron un poco en organizarse, pero al terminar todas las plantas tenían agua y el sendero seguía seco.
Con los días descubrieron otras tareas para Olmo. Podía acercar ramas altas sin cortarlas y sostener una tela que daba sombra a los semilleros. Para recoger los tomates pequeños, en cambio, pedía ayuda. Mara anotó en su libreta que ser grande no significaba poder hacerlo todo solo.
Cuando llegó el verano, compartieron la primera ensalada bajo el muro. Olmo llevó su flor, que ya tenía tres capullos nuevos. Al despedirse, dejó la regadera junto al estanque. Mara volvió al castillo con las botas manchadas y una sonrisa. El jardín tenía un vecino más, y aquella noche todos podían descansar: el trabajo estaba hecho.



