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Había una vez una ratoncita llamada Rita que vivía en una casa con jardín. Su gran amigo era Emilio, un elefante amable que siempre se detenía a saludarla al volver del huerto. Aunque eran de tamaños muy distintos, les encantaba pasar tiempo juntos.
Una tarde, Rita invitó a Emilio a tomar una infusión en su jardín. El elefante se puso su pañuelo de los domingos y llevó tres peras. Al llegar encontró una mesa diminuta, dos sillas pequeñas y una taza que podía esconder detrás de una uña.
Emilio intentó sentarse. La silla crujió antes de que apoyara todo su peso. Se levantó deprisa y pidió perdón. Rita apartó la silla. —Podemos sentarnos en la hierba —dijo. Extendió un mantel y puso las tazas en medio. El elefante dobló las patas con cuidado.
Entonces intentó coger su taza. La punta de su trompa tapaba el asa entera. Probó por un lado y por el otro, pero cada intento hacía bailar el platillo. Emilio miró hacia la verja. Quizá sería mejor volver a casa antes de romper algo.
Rita notó que su amigo había dejado de conversar. —¿No te gusta la infusión? —preguntó. —Me gusta estar aquí —respondió Emilio—. Solo que no sé cómo beberla. Rita observó la taza. Era la más grande de su vajilla, pero eso no la hacía grande para todos.
Buscó en el cobertizo y volvió con una regadera azul. Emilio soltó una carcajada. La regadera tenía agujeros y serviría mejor para ducharse. Rita también se rio. Después encontró un cuenco ancho donde solía lavar las peras. Lo limpió otra vez y lo llenó de infusión tibia.
Emilio pudo sujetarlo cómodamente. Mientras bebía, Rita cortó una pera en trozos. Cada uno eligió el tamaño que le apetecía. El mantel tenía sitio para la taza pequeña, el cuenco azul y una hormiga que pasó buscando migas.
Cuando terminaron, Emilio lavó el cuenco en el pozo y Rita secó su taza. No habían necesitado la mesa. Antes de despedirse, él la invitó a merendar la semana siguiente. —Llevaré mi taza —dijo Rita. —Y yo guardaré una pera pequeña para ti.
Emilio volvió por el sendero tarareando. En su casa buscó una caja firme que pudiera servir de silla para su amiga. La colocó junto a la ventana, donde daba el sol de la tarde. Ya sabía dónde se sentarían los dos.



