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Había una vez una niña llamada Mina que disfrutaba paseando con su abuelo. Él le enseñaba a reconocer el jardín por sus aromas, incluso antes de abrir la verja.
Mina heredó de su abuelo una libreta sin dibujos. En la primera página él había escrito: dibuja el camino que no aparece. Mina salió al jardín y cerró los ojos. Olió menta junto al muro, pan tostado cerca de la cocina y tierra mojada bajo el limonero.
Anotó cada olor con un símbolo. Una espiral para la menta, tres rayas para el pan y un círculo grande para la lluvia. El mapa la llevó hasta una puerta cubierta de hiedra que nunca había visto abierta.
Detrás encontró un banco y una caja de semillas. No era un tesoro escondido: era el jardín que su abuelo había cuidado antes de mudarse. Mina plantó las semillas y añadió una nota al mapa: aquí empieza el olor del mañana.



