☾ Lunacuento

Cenicienta

6-8 años · 5 min · aprox. · Adaptación
Cenicienta

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Adaptación nueva y suavizada de un cuento clásico.

Había una vez una joven que soñaba con llenar de flores los rincones de su pueblo. Vivía en una casa grande, pero apenas tenía un rincón tranquilo para sentarse a dibujar.

A una joven la llamaban Cenicienta porque, después de trabajar, se sentaba junto al hogar y se manchaba el vestido de ceniza. Su madrastra y sus dos hermanastras le dejaban casi todas las tareas. Ella tenía poco tiempo para sus propios proyectos, aunque guardaba en una caja dibujos de jardines que quería construir algún día.

Cuando llegó una invitación al baile del palacio, las hermanastras pidieron ayuda con sus vestidos. Cenicienta también quería ir. Su madrastra respondió que antes debía terminar una lista imposible de trabajos. Al salir el carruaje, todavía quedaban platos por lavar. La joven se sentó en el escalón del patio, muy triste.

Allí la encontró su madrina, que sabía hacer magia. Escuchó lo ocurrido y le pidió una calabaza del huerto. Con un movimiento de su varita la transformó en carruaje. Unos ratoncitos se convirtieron por unas horas en caballos, y el vestido de Cenicienta cambió por otro de color granate. En sus pies aparecieron zapatos de cristal.

—La magia termina a medianoche —advirtió su madrina—. Vuelve antes. Cenicienta prometió hacerlo. En el palacio nadie la reconoció. Al principio se quedó cerca de una ventana, observando un jardín mal iluminado. El príncipe se acercó y le preguntó si no le gustaba la música. —Sí, pero ese sendero sería más bonito con jazmines —respondió ella.

Hablaron de jardines y después bailaron. Cenicienta se divertía tanto que no vio pasar el tiempo. Cuando el reloj empezó a dar las doce, recordó la advertencia y corrió hacia la salida. En la escalera perdió un zapato. No volvió a recogerlo: alcanzó el carruaje justo antes de que se convirtiera otra vez en calabaza.

A la mañana siguiente el príncipe quiso encontrar a la joven con quien había conversado. Solo tenía el zapato de cristal. Mandó preguntar por las casas quién había asistido al baile y quién podía calzarlo. Muchas personas lo probaron, incluidas las hermanastras, pero ninguna pudo caminar cómodamente con él.

Cenicienta pidió su turno. La madrastra intentó impedirlo, pero el mensajero dijo que todas las jóvenes podían probar. El zapato le quedó bien. Entonces ella sacó el otro de su caja de dibujos. Ya no había duda. Se puso un vestido sencillo y acompañó al mensajero al palacio.

El príncipe la reconoció por su voz antes de mirar sus zapatos. Quería volver a verla, y Cenicienta también deseaba conocerlo mejor. Le mostró sus dibujos y le contó cómo la habían tratado en casa. No quería regresar a aquella vida. En el palacio le ofrecieron un lugar donde vivir y trabajar con la jardinera principal, cobrando por su trabajo.

Pasaron las estaciones. Cenicienta aprendió a elegir plantas, el príncipe aprendió a escucharla y ambos siguieron paseando juntos. Con el tiempo decidieron casarse. La boda se celebró en el jardín que ella había ayudado a diseñar, entre jazmines y bancos cómodos para quienes preferían conversar a bailar.

Su madrina asistió sin varita. No hizo falta transformar nada. Al terminar la fiesta, Cenicienta guardó los zapatos de cristal como recuerdo y se puso sus botas de jardín. Antes de dormir dio una última vuelta por el sendero. Las flores se abrían en la oscuridad y olían exactamente como había imaginado.

Un ratito para conversar

¿Y tú qué piensas?

  1. ¿Qué quería diseñar Cenicienta?
  2. ¿Por qué tuvo que salir del baile?
  3. ¿Cómo cambió su vida antes de casarse?